10 diciembre, 2007
Para que los cuerpos rescaten su dolor, el color de las plantas pequeñas, el brillo de las piedras en el bosque bajo el golpe de la lluvia, para que sus carnes sean como una mancha en el nítido contorno de los días.
Para que en el centro de la flor encuentre su origen el estallido del fuego y sean convocada las caricias anónimas, las que vuelven a la piel un sembradío de oro.
Para que sean propicios los silencios, aquellos que acercan; los silencios que devuelven su forma a las palabras cuando la piel es una en el contorno del aire que pasa sincerando manos y labios, silencios y noches...