14 diciembre, 2007

Hace muchos años, un excolaborador de mi mamá me permitió trabajar en su despacho (en aquél entonces ubicado en el flamante edificio de Insurgentes y Medellín), y grata fue mi emoción al cobrar mi primer salario bien-habido, bien-desquitado y bien-ganado. En realidad ese empleo me duró poco pero me permitió conocer la ciudad de México y sus alrededores de una forma en la que hasta entonces no comprendía.
Andando a píe no sólo comencé a saber andar y reconocer los trazos de las avenidas mayores y accesos principales, las entradas y salidas del metro, dónde y cómo identificar el transporte público y, en general como transportarme “eficientemente”, sino también acumular “defensas bacterianas”.
Claro, me estoy refiriendo a saber en dónde desayunar, almorzar, comer, merendar, cenar, botanear, etc., etc., todo ello, en la calle.
Uno de tantos lugares es una cadena de restaurantitos que están en el interior del metro (creo) y que venden(dían), entre otras cosas, tortas y hot-dogs.
Pues bien, habiendo cobrado aquél primer salario y sin nada más qué hacer en ese día me dirigí a la glorieta del metro insurgentes y, ya con hambre, tomé rumbo al restaurante de cita y pedí mi tortita de pierna acompañada de un referesco para después, dirigirme a mi casita.
Estaba devorando gratamente aquél alimento cuando se acercó a la mesa un muchachito de no más de unos 10 años de edad pidiéndome “para un pan” a lo que no me pude negar invitándolo a una torta con su refresco de la que devoró la mitad y la otra la guardó. Al preguntarle el motivo por el qué lo hacía me dijo que se la llevaría a su hermano; acto seguido le dije que lo trajera y que lo invitaba a comer también a él. Desde luego, el hermanito (de unos 7 u 8 años) nos acompañó a comer.
Recuerdo que quien atendía la plancha en la que se calientan los alimentos puso cara de enojado pero no tuvo mayor remedio que atenderlos ya que, después de todo, quien iba a pagar la comida era yo. Luego me di cuenta de uno de las razones del enojo del dependiente: afuera del local se habían juntado un grupito de niños/as que formaban parte de esa “fuerza de tarea” relacionada con la pedidera para el chesco/pan y que estaban esperando a los dos hermanos que estaban conmigo.
Al terminar, el niño más pequeño me dijo que si le podía llevar una torta a su amiga que estaba afuera (fue cuando me percaté del grupo de niños que estaban ahí); el caso es que, cuando pedí la cuenta y la pagué, de todo mi salario (que la verdad no era así que digamos huy!!! muchísimo), ya sólo me quedaba casí lo suficiente para regresar a mi casa.
Nunca he contado esta historia ni las que vinieron después, pero es la introducción al siguiente post relacionado el mismo con las fechas de fin de año.