09 julio, 2008
Mónica Ileana fue mi primer amor deseado-conscientemente; estuvimos juntos desde tercero de primaria y fue en quinto cuando mi -yo-niñovivaz-de11 años- se inspiró (bueno, ese verbo téngalo presente entre comillas) a procurarle algo más que una estimación “especial”.
Como parte del “cortejo” recuerdo que fui a aquella papelería que se encontraba lejiiiiiísimos de la casa de la abuela sólo por el hecho de saber que estaba súper.bien.completa amén de que en una de sus vitrinas había cualquier cantidad de chucherías que (seguramente) le gustarían a una niña de 11 años.
Adquirir un bonito obsequio para la mozuela en cuestión no fue simple pues tuve que juntar una suma que para esos días no era nada despreciable; vaya, podría haberme comprado un chorro de cuentos y ahogarme de orange-crush’es y gansitos con el primo Manolo (QEPD) y el gordo –aquéldequiennorecuerdosunombre-.
Compré unos aretes de perla (ajá) y un pendiente los cuales acomodé en una cajita que ahí mismo me vendieron y/o arreglaron.
Adán (ándele, ese, el hijo del Doctor con la mega-casota en la esquina) un día organizó una fiesta a la que, desde luego, toooodos fuimos y ahí creí que podría “tirarme a matar”. Bueno, en la teoría sonaba simple; al final Mónica Ileana no sólo no quiso bailar con nadie sino que, su hermanastro pasó temprano por ella y no pude hacer nada más.
A la semana que siguió decidí que un momento adecuado para dar el obsequio era cuando nos formaban a todos después del recreo para regresar a los salones de clase. Esa fue la oportunidad en la que –mi-pendejez-andante- tirara de mi y dijera en la formación un “¿Quién quiere un regalo?” al tiempo en que Beatriz, la otra Mónica y la destinataria voltearan. El –yo-wey-escuinclito- levantó a la altura de su rostro el paquete y entre las tres se escuchó al unísono “YOOOO!!!”.
Claro, semper.fidelis y destilando justicia, pa’componer la cosa respondí: “Mónica Ileana lo dijo primero” y, desde luego, ella tuvo a su alcance el detallito.
Después de aquella entrega nunca le vi puestos ni los aretes ni el colgante y lo más que recibí por parte de ella fue en el instante un “Gracias” y no más...
Pausa para la escena 2...
Como parte del “cortejo” recuerdo que fui a aquella papelería que se encontraba lejiiiiiísimos de la casa de la abuela sólo por el hecho de saber que estaba súper.bien.completa amén de que en una de sus vitrinas había cualquier cantidad de chucherías que (seguramente) le gustarían a una niña de 11 años.
Adquirir un bonito obsequio para la mozuela en cuestión no fue simple pues tuve que juntar una suma que para esos días no era nada despreciable; vaya, podría haberme comprado un chorro de cuentos y ahogarme de orange-crush’es y gansitos con el primo Manolo (QEPD) y el gordo –aquéldequiennorecuerdosunombre-.
Compré unos aretes de perla (ajá) y un pendiente los cuales acomodé en una cajita que ahí mismo me vendieron y/o arreglaron.
Adán (ándele, ese, el hijo del Doctor con la mega-casota en la esquina) un día organizó una fiesta a la que, desde luego, toooodos fuimos y ahí creí que podría “tirarme a matar”. Bueno, en la teoría sonaba simple; al final Mónica Ileana no sólo no quiso bailar con nadie sino que, su hermanastro pasó temprano por ella y no pude hacer nada más.
A la semana que siguió decidí que un momento adecuado para dar el obsequio era cuando nos formaban a todos después del recreo para regresar a los salones de clase. Esa fue la oportunidad en la que –mi-pendejez-andante- tirara de mi y dijera en la formación un “¿Quién quiere un regalo?” al tiempo en que Beatriz, la otra Mónica y la destinataria voltearan. El –yo-wey-escuinclito- levantó a la altura de su rostro el paquete y entre las tres se escuchó al unísono “YOOOO!!!”.
Claro, semper.fidelis y destilando justicia, pa’componer la cosa respondí: “Mónica Ileana lo dijo primero” y, desde luego, ella tuvo a su alcance el detallito.
Después de aquella entrega nunca le vi puestos ni los aretes ni el colgante y lo más que recibí por parte de ella fue en el instante un “Gracias” y no más...
Pausa para la escena 2...
