12 enero, 2009
Extracto del material leido en la conferencia "lo que no es un jefe":
Aprecio que me tenga en consideración suficiente como estar el pendiente, inclusive, de mi estancia en la oficina.
Puedo comprender, como en el caso del padre con más de un hijo, que no se trate a todos (los empleados) por igual y que, desde luego, no haya un mínimo de deferencia hacia esas personas cuando, desde luego no lo merezcan.
No obstante, y así se nos ha enseñado, a iguales, trato igual por lo que, si no se merece aquél trato es porque se ubica a aquella persona en una zona o consideración, precisamente, especial.
En los empleos me parece que hay dos tipos de persona: a quienes se les cubre un emolumento por un trabajo determinado y ellos lo establecen en la medida en que consideran habrán de usar sus conocimientos (siendo inclusive ese el motivo de su contratación), y a quienes se les utiliza para lo que pueda ofrecerse al empleador.
Aquí es cuando la cosa se compromete un poco.
Resulta que en una organización se contrata a ciertos personajes por las capacidades que de ellos se pueden explotar; claro, esa explotación va en la medida de las necesidades de ese empleador/patrón. Ahí es cuando se hace efectiva la norma de que “quien paga, manda”.
¿Pero hasta dónde queda establecida la frontera entre lo que puede mandarse y/o exigirse y hasta dónde lo que debe cumplirse?
¿es correcto que la figura de autoridad (que de facto es el “jefe”) pida entonces, desde su postura, cosas que no necesariamente están clasificadas como “necesidades de la organización”? ¿hasta dónde ese empleado debe cumplir ese mandato?
Aquí es el punto en el que hay que establecer al tipo de empleado y su entorno para tratar de definir, desde luego, que no hay igualdad, por lo menos en el trato (aunque no es excusa que esos personajes cumplan funciones distintas entre sí, pues acá estamos hablando del trato y la consideración que merece cada uno de ellos de parte de quien se considera -y es- su patrón).
Bueno, pareciera que se trata de un favor y, en efecto, es posible que en la mente del empleador así lo sea pues ya ha quedado demostrado con anterioridad con aquella inmortabilizable frase que rezó: “¿cómo que 10,000 pesos por un abogado si en la calle hay un ejercito de ellos que por menos de tres mil hacen lo mismo y más?”
La cosa es que cada uno de esos empleados se gana el pan a suerte de las actividades que realiza, bien por la encomienda de tracto sucesivo que implica una labor rutinaria establecida a fuerza de una agenda específica o de manera indirecta cuando su empleador, dependiendo de sus necesidades (las del empleador, no las de su “brazo ejecutor”), las requiera.
Lo anterior puede redundar en un abuso de poder; ¿cómo puede limitarse ello? ¿cómo pueden atemperarse sus efectos especialmente cuando de su cumplimiento deriva la angustia de quedar desempleado o, simplemente, por dejar de contar con la deferencia del buen trato que el resto de los empleados si tienen? Me parece que estos cuestionamientos enmarcan la presente exposición y nos regresan al punto de partida de estas líneas pero que ahora merece una adición ortográfica importante: ¿a iguales, trato igual?
¿Para qué querría ese brazo ejecutor/empleador ver sentado a su colaborador esperando su paso hacia la salida sin hacer otra cosa más que esa, esperar, ello sin considerar que en la mayoría de las ocasiones no hay ni siquiera un “buenas noches” o “nos vemos mañana” (ya no se diga un “gracias”)?
No hay estimulo alguno ni siquiera de esa naturaleza, la moral; ya no se diga de la pecuniaria bien en especie o en económico a final de cuentas, habrá empleadotes que (con justa razón) expondrán: “para eso se te paga ¿no?”.
Aquí entra en el acto otro de los factores de análisis del todo poco comprensibles que tiene que ver con que a quienes están en grado de perjudicar o ya han perjudicado al empleador, son a quienes se les trata con todos los respetos posibles, se está el pendiente de su salud y de quienes le rodean, se les procuran halagos y, si lo requieren, bien sea que los soliciten o no, hasta en la parte económica son compensados.
Acá se vuelve a la memoria aquella contradicción de entendimiento para la frase “a iguales, trato igual”. Bueno, tal vez sea muy mezquino de mi parte pues sí se aplica esa frase, a los iguales, es decir, a quienes han cometido aquellos atentados SI se les trata igual pues se les tiene toda clase deferencias como las antecitadas mientras a quienes cumplen con su tarea, están al pendiente y realizan actividades extra-contractuales, a ellos se les ignora y se les maltrata, o por lo menos esa es la percepción que tienen (ya no se diga hablar de algún reconocimiento pecuniario).
Cuando se esfuerzan por “pulir” sus labores no son reconocidos, al empleador le da igual (claro, cuando las cosas salen mal es cuando se les reclama).
En fin...
Cuando se trata de una calificación depende de ese momento, de aquél en que el patrón ha decidido tomar el lápiz para llenar (claro, cuando él quiere, cuando se le pega la gana) el “bonometro”, como si de ese día hubiera dependido la excelencia o no del empleado, como si nunca hubieran existido otros motivos para su calificación, es como si la memoria no existiera, como si el “hoy” lo fuera todo (para ese efecto), como si lo que hubiera realizado ese empleado con anterioridad no mereciera una calificación.
¿Qué se debe hacer entonces para esperar una buena calificación? ¿estar al pendiente de cuando al patrón se le ocurra calificar para hacerle toda clase de monerías rastreras que le regocijen el pulso en ese momento? ¿aguardar ese momento -el de la calificación-?
