Los términos absolutos no me gustan “demasiado”; realmente no creo que “nada” sea para “siempre”; no obstante, entiendo que la busqueda de la felicidad no concluye “jamás”.
La felicidad es un veneno que, proporcionado en pequeñas dosis no habrá de eliminar a su destinatario en un sólo evento y le mantendrá preparado y con suficiente conciencia para poderle administrar otra cucharada cuando menos se lo espere.
El poco o mucho entendimiento
creativo-humanista-cientifico-etc.-etc., nos ha dado la “destreza” necesaria como para que pongamos en manos de Díos todo lo que no nos resulta razonablemente comprensible; por ello, sea el nombre y la cultura que resulte, “Él” siempre es un buen pretexto para dar gracias (independientemente de la religión que se profese).
De hecho el nacimiento de su hijo ha resultado en un perfecto pretexto en estas fechas para salir de reventón, gastar quincenas, recibir regalos, quedar hasta las manitas y, en general, para ensalsar culturas que, resultando ajenas a nuestra idiosincracia, adoptamos ya sea por simple hedonismo o porque no nos hemos hecho (o no hemos querido) hacernos las preguntas elementales.
Como sea, y recogiendo parte de la substancia de aquél post en el que divago con lo “lineal” que resulta la vida, hoy confluye acá el final gregoriano de un año más...
El
“qué habrá quedado pendiente” ya pasa a un segundo término; mejor será saber ya ni siquiera el “qué hay que hacer” sino, precisamente, poner manos a la obra.
En general se juzga a la gente por lo que hizo y/o por lo que dejó de hacer... hoy no quiero hacer eso.
Hoy quiero agradecer por lo que hay y no por lo contrario.
Si, dar gracias; en primer término por haber permitido que conociera la luz y dotarme de imperfecciones que me permiten tener una meta diaria: pulirme.
Gracias; porque quienes han influido en mi educación (académica, moral, etc.), me distinguen con su afecto permanente (aunque haya resultado un perfecto hijo de puta).
Gracias; porque carezco de “todo” y de “nada” y porque puedo más o menos entender la diferencia.
Gracias; porque cuando tengo ganas de bailar, lo puedo hacer, porque cuando quiero poner atención, lo hago, porque cuando quiero una manzana la puedo pedir, me entienden, me la dan y si quiero me la como o la guardo para quien tiene verdadera hambre.
Gracias; porque hay quienes han iluminado los rincones de la habitación en la que habito, la cual me empeño en dejar en penumbra permanente.
Gracias; porque cuando se les acaba la “batería” a esas personas, no cejan en prender, por lo menos, un pabilo.
Gracias; porque hay quienes todavía cruzan las calles por la esquina, usan la escalera a la mitad de la avenida, no desperdician agua y tiran la basura en su lugar.
Gracias; porque hay quienes todavia tocan la puerta, piden las cosas “por favor” y dicen gracias cuando las reciben.
Gracias; porque hay quienes todavía “dan” sin esperar nada a cambio.
Gracias; porque todavía creo, respiro, huelo, degusto, toco, siento y porque hay gente por ahí con las mismas percepciones (aunque no lo quieran creer).
Gracias; porque hay inocencia en los niños y porque hay adultos que desean preservarla.
Gracias; porque no importa cuantas hojas caigan, seguro naceran nuevas.
Gracias; porque puedo oír como rompen las olas, como canta la gente.
Gracias; porque, por ahí, existen las hadas, los dragones, los mares de lava, naves espaciales, máquinas del tiempo, aluxes, planetas iluminados por dos o más soles, seres con alas desgarradas, esferas de cristal, pócimas secretas, entre otras fantasías.
Gracias; porque conservo la esperanza...
Que el año que acabe quede como composta y sirva de abono para el año que viene. Felicidades a todos ustedes y, desde luego,
GRACIAS... (especialmente a ti...)