18 diciembre, 2008
Imagen tomada de http://www.rodrigoalvarado.com
Vale madre... la vida si es lineal, comienza en un punto y concluye en otro. Desde luego, en ese tránsito hay estaciones en las que hay que “bajarse” para admirar el panorama.
Hay a quienes “les urge”, a como dé lugar pués, llegar y deciden tomar atajos para quesque llegar antes que los demás.
Bajo otras circunstancias resulta que hay quienes se quedan dormidos de estación en estación y se perdieron o de la comida típica local o de lo majestuoso que resultaba el valle a esa hora del día que se hizo una pausa antes de continuar en ese camino.
En este último caso sucede que, a veces, hay quienes prefieren quedarse dormidos, es decir, no es aleatorio ese asunto de no bajarse a la estación (ni siquiera para ir al baño o a estirar las piernas más allá del pasillo del tren). Claro, a veces eso de quedarse dormidos no es voluntario, es un acto reflejo del cansancio acumulado por las tareas cumplidas previamente (ya sea que éstas hayan quedado por completo satisfechas o no).
La cosa es que en cierto punto del camino uno siente que ya no avanza, se asoma por la ventanilla, mira al frente, y el camino es el mismo y es cuando, de vez en vez, se voltea al contrasentido y comienza la añoranza nostálgica. Es aquí cuando el “andante” habría de detener el camino y regresar unos cuantos kilómetros para no dejar de probar aquél guisado del que tanto le han hablado o simplemente para caminar entre los campos que rodean la estación sintiendo debajo de las plantas de los pies la hierba y el suelo recién mojado.
En efecto, de manera prácticamente inevitable, el pasajero aprovecha la siguiente pausa y, ya sea a pié o por otros medios regresa; como que algo le hacía falta.
A veces llega al punto aquél y se da cuenta que más atrás hay un paseo que quisiera volver a realizar o se da cuenta de lo agradable que fue ver ese atardecer con lluvia por lo que querría repetirlo, cerrar los ojos y percibir el olor del chocolate a la orilla de aquella vieja cocina.
Esto no acaba aquí...
Hay a quienes “les urge”, a como dé lugar pués, llegar y deciden tomar atajos para quesque llegar antes que los demás.
Bajo otras circunstancias resulta que hay quienes se quedan dormidos de estación en estación y se perdieron o de la comida típica local o de lo majestuoso que resultaba el valle a esa hora del día que se hizo una pausa antes de continuar en ese camino.
En este último caso sucede que, a veces, hay quienes prefieren quedarse dormidos, es decir, no es aleatorio ese asunto de no bajarse a la estación (ni siquiera para ir al baño o a estirar las piernas más allá del pasillo del tren). Claro, a veces eso de quedarse dormidos no es voluntario, es un acto reflejo del cansancio acumulado por las tareas cumplidas previamente (ya sea que éstas hayan quedado por completo satisfechas o no).
La cosa es que en cierto punto del camino uno siente que ya no avanza, se asoma por la ventanilla, mira al frente, y el camino es el mismo y es cuando, de vez en vez, se voltea al contrasentido y comienza la añoranza nostálgica. Es aquí cuando el “andante” habría de detener el camino y regresar unos cuantos kilómetros para no dejar de probar aquél guisado del que tanto le han hablado o simplemente para caminar entre los campos que rodean la estación sintiendo debajo de las plantas de los pies la hierba y el suelo recién mojado.
En efecto, de manera prácticamente inevitable, el pasajero aprovecha la siguiente pausa y, ya sea a pié o por otros medios regresa; como que algo le hacía falta.
A veces llega al punto aquél y se da cuenta que más atrás hay un paseo que quisiera volver a realizar o se da cuenta de lo agradable que fue ver ese atardecer con lluvia por lo que querría repetirlo, cerrar los ojos y percibir el olor del chocolate a la orilla de aquella vieja cocina.
Esto no acaba aquí...
