26 octubre, 2007

Jean Paul
(1763-1825. Seudónimo de Johann Paul Friedrich Richter. Escritor y humorista alemán)
Hace más de una década, cierta cómplice voz que hasta entonces sólo conocía por teléfono, me dijo: “Ya no aguanto, debo ir a la ciudad de México”; y se materializó en el aeropuerto. Fueron dos de los mejores días de mi vida (con todo y que ella se mareo en la cabaña del tío chueco).
Leí en un blog una historia muy linda (pero melancólica) de “coincidencia desafortunada” en la que los protagonistas daban por sentado de cada cual lo que creían pudiera resultar de sus “encuentros” afortunados al vivir uno tan cerca del otro (el piso de cada uno, con terraza incluida, daba uno enfrente del otro). La historia concluía en que todo quedaba en que ni se conocían ni nada, aunque ellos hacían todo para que cada cual pudiera verle del otro lado de la calle. Caraxo, que desperdicio.
Sostengo que hay varias maneras de interpretar una misma situación; en otras palabras, no es descubrir el hilo negro, pero (1) cada quien habla de cómo le ha ido en la feria, y (2) cuando se observa una obra de arte, seguro habrá quien “descubra” motivos distintos en el autor que el que uno decía conocer.
¿Qué haces despierta tan tarde? Sólo nos vamos siguiendo el paso y no nos encontramos ¿soy un extraño inoportuno?
Querría poder llegar al lugar en el que te encuentres, comer contigo, mimarte, mirarte con ojos en ensueño, acariciarte... que me sonrieras, me acariciaras y que me vieras con ojos de ensueño. Luego despedirnos con un par de besos, 4, 5, uno largo... hasta luego.
Regresar a la oficina sabiendo que pasará poco tiempo para seguir a tu lado.
Llegar antes que tu al departamento, prepararte ese café que tanto te gusta o la bebida exótica del día, sabiendo que tu me dirás que sabe extraño por no querer decirme que sabe horrible, pero festejando el gusto que te da que te tome opinión.
Llegaste con ese pan raro de no se qué panadería de una amiga libanesa; me encantan los sandwichitos con queso que preparas, pero me encanta más comer de tu mano.
Platicaríamos de cosas del día... ya da sueño. Juntos a la habitación nos hemos despojado de la ropa del día y con tenue luz acaricio tu espalda; eso te encanta. Te tomo de la cintura, así, detrás de ti, y recorro con apenas la punta de los dedos tu abdomen. El camino está trazado y el ímpetu hace que voltees ante el cosquilleo y juntas tus labios con los míos.
Nos acurrucamos debajo de las sábanas y nos abrazamos. Buenas noches...
Querría una batidora o, mejor aún, aquella máquina que perdí en la que puedo acudir a la versión que se me pegue la gana en el momento en que desee y en el que no habrá forma de recriminación alguna.
Así podría estar contigo, LAA, por linda, porque me miras de reojo, porque no te decides; contigo, la escritora más linda que haya visto, la del humor tétrico, pero hermoso; contigo, la del frío cariñoso, por tu refinado gusto; contigo, la enojona, la que no se ha dado cuenta que ya creció; contigo, que decidiste no lastimar a nadie, que huiste, que quién sabe donde se metió; contigo, la de la prepa, la que ve sólo lo bueno, para estar echados para adelante; contigo, la bonita, porque tienes unos ojos preciosos; contigo, la fea, por coqueta, para cuidarte; contigo, la llenita, por buena onda, por tus cachonderías; contigo, por tus conejos, por adorable, porque no te dejas; contigo, la doctora, por buena onda, porque te vale; contigo, la francesa inexistente; contigo, la judía que dice que me necesita; contigo, la de ... BASTA!!! ya comencé con la melancolía (hora de la vitamina “B”) y no quiero estar así...
Seguimos en octubre y todo debe ser felicidad.
(fragmento, ensayo, Octavio Paz)