23 junio, 2008
Te voy a contar un cuento:
Había una vez un muchacho que descubrió que quería escribir (aunque no supiera muy bien cómo hacerlo); ¿qué de qué cosa? Bueno, casi de cualquiera. Nombrémosle por el momento como el “tipo”.
En esos días, los otoños del “tipo” no sumaban más de 17 y ya tenía en su haber un par de pastorelas y, por lo menos, dos obras de teatro (experimental) que se agregaban a su lista de documentos, la mayoría de ellos, no públicos, aunque aquellas obras ya habían sido expuestas en su escuela.
Estaba por concluir su instrucción preparatoria y había conocido desde hacía más o menos un año a una muchacha... mmm... digamos, linda, quien desafortunadamente, tenía un pequeño (grandísimo) defecto: ya estaba saliendo con alguien más. Lo anterior no tendría que ser mayor problema aunque, el tipo, siempre se manifestó como un ser tranquilo a quien esa circunstancia no le quitaba el sueño pues, en su camino (según él decía) habrían algunas otras chicas.
Lo cierto es que pasado ese año, el tipo y la chica en cuestión coincidieron en el mismo salón en el que habrían de concluir su preparatoria.
Él no lo pensó dos veces y tan pronto vio la oportunidad, hizo de la muchacha una de sus protagonistas en una obra de teatro en la que durante la trama, tanto él (el tipo) como ella pasarían de ser unos simples “patitos feos” para convertirse en cisnes al tiempo en el que descubrirían que lo más importante no se encuentra en la cara exterior sino en las cualidades internas de cada individuo.
Así, aquella niña nunca supo del afecto especial que el tipo le profesaba, ni siquiera en aquella ocasión en la que tuvieron que realizar una actividad en pareja para aquella clase de inglés en la que por tema tuvieron que exponer la vida de los gatos y en la que convidaron a sus compañeros con alimento para dichos felinos domésticos (en realidad se trataba de galletas con atún).
El tiempo corrió; la escuela concluyó y aquél tipo se animó en un par de ocasiones a visitar tanto la casa de la chica como el negocio familiar en el que ella colaboraba.
En el primer caso, sabía que los papás de la chica eran algo especiales, amén de que el novio en turno (que parecía seguir siendo el mismo de hacía meses) le tenía la “correa” bien amarrada. En fin, el tipo dejó pasar la oportunidad, inclusive, de ser rechazado.
Al paso de los años el tipo supo, por voz de sus amigos, que aquella muchacha tal vez, hubiera dado un “SÍ” en su oportunidad. El tipo se enteró que el novio pasó a ser esposo y que, dada su naturaleza (la del novio), aquella relación concluyó, no sin antes haber dejado un producto del que ella se siente a la fecha orgullosa. El tipo también supo que ella no se las había visto nada bien y que había contraido nuevas nupcias procreando un segundo hijo.
El tipo en todo este tiempo (muchos, pero muchos años después) no tuvo contacto con la muchacha aunque si le dedicó varias (muchas) líneas todas la cuales, ella desconoce; sin embargo, volvieron a verse y tuvieron la oportunidad de ponerse más o menos al día aunque no con gran detalle.
Ella le hizo saber que, en efecto, sus ayeres no habían sido los mejores, pero que había descubierto que es mejor alegrarse de lo que se tiene que quejarse de lo que se carece (mmm... ¿les suena conocido?). “Poner manos a la obra” pareciera ser que es su lema y “echar para adelante” una de sus más grandes motivaciones.
El tipo, como les menciono, nunca le hizo saber de su amor, de su afecto y nunca tuvo oportunidad de demostrárselo (más bien, por miedo, no lo hizo). Dejó pasar ese tren.
Nuestros personajes, hoy día, siguen sin tener contacto directo aunque, quién sabe, tal vez algún día ella conozca aquellas letras y, aún y cuando los “hubiera” no existen, lo cierto es que ello no les impedirá seguir soñando...
Había una vez un muchacho que descubrió que quería escribir (aunque no supiera muy bien cómo hacerlo); ¿qué de qué cosa? Bueno, casi de cualquiera. Nombrémosle por el momento como el “tipo”.
En esos días, los otoños del “tipo” no sumaban más de 17 y ya tenía en su haber un par de pastorelas y, por lo menos, dos obras de teatro (experimental) que se agregaban a su lista de documentos, la mayoría de ellos, no públicos, aunque aquellas obras ya habían sido expuestas en su escuela.
Estaba por concluir su instrucción preparatoria y había conocido desde hacía más o menos un año a una muchacha... mmm... digamos, linda, quien desafortunadamente, tenía un pequeño (grandísimo) defecto: ya estaba saliendo con alguien más. Lo anterior no tendría que ser mayor problema aunque, el tipo, siempre se manifestó como un ser tranquilo a quien esa circunstancia no le quitaba el sueño pues, en su camino (según él decía) habrían algunas otras chicas.
Lo cierto es que pasado ese año, el tipo y la chica en cuestión coincidieron en el mismo salón en el que habrían de concluir su preparatoria.
Él no lo pensó dos veces y tan pronto vio la oportunidad, hizo de la muchacha una de sus protagonistas en una obra de teatro en la que durante la trama, tanto él (el tipo) como ella pasarían de ser unos simples “patitos feos” para convertirse en cisnes al tiempo en el que descubrirían que lo más importante no se encuentra en la cara exterior sino en las cualidades internas de cada individuo.
Así, aquella niña nunca supo del afecto especial que el tipo le profesaba, ni siquiera en aquella ocasión en la que tuvieron que realizar una actividad en pareja para aquella clase de inglés en la que por tema tuvieron que exponer la vida de los gatos y en la que convidaron a sus compañeros con alimento para dichos felinos domésticos (en realidad se trataba de galletas con atún).
El tiempo corrió; la escuela concluyó y aquél tipo se animó en un par de ocasiones a visitar tanto la casa de la chica como el negocio familiar en el que ella colaboraba.
En el primer caso, sabía que los papás de la chica eran algo especiales, amén de que el novio en turno (que parecía seguir siendo el mismo de hacía meses) le tenía la “correa” bien amarrada. En fin, el tipo dejó pasar la oportunidad, inclusive, de ser rechazado.
Al paso de los años el tipo supo, por voz de sus amigos, que aquella muchacha tal vez, hubiera dado un “SÍ” en su oportunidad. El tipo se enteró que el novio pasó a ser esposo y que, dada su naturaleza (la del novio), aquella relación concluyó, no sin antes haber dejado un producto del que ella se siente a la fecha orgullosa. El tipo también supo que ella no se las había visto nada bien y que había contraido nuevas nupcias procreando un segundo hijo.
El tipo en todo este tiempo (muchos, pero muchos años después) no tuvo contacto con la muchacha aunque si le dedicó varias (muchas) líneas todas la cuales, ella desconoce; sin embargo, volvieron a verse y tuvieron la oportunidad de ponerse más o menos al día aunque no con gran detalle.
Ella le hizo saber que, en efecto, sus ayeres no habían sido los mejores, pero que había descubierto que es mejor alegrarse de lo que se tiene que quejarse de lo que se carece (mmm... ¿les suena conocido?). “Poner manos a la obra” pareciera ser que es su lema y “echar para adelante” una de sus más grandes motivaciones.
El tipo, como les menciono, nunca le hizo saber de su amor, de su afecto y nunca tuvo oportunidad de demostrárselo (más bien, por miedo, no lo hizo). Dejó pasar ese tren.
Nuestros personajes, hoy día, siguen sin tener contacto directo aunque, quién sabe, tal vez algún día ella conozca aquellas letras y, aún y cuando los “hubiera” no existen, lo cierto es que ello no les impedirá seguir soñando...
Este cuento no tiene final feliz, es más, no tiene final pero si una breve, brevísima moraleja; escójala usted mientras disfruta de la melodía: “_______________________”.